El nuevo pacto Pero ahora Cristo ha obtenido un ministerio tanto más excelente que el antiguo, cuanto mejor es el pacto del cual es mediador, el cual ha sido establecido sobre mejores promesas. Porque si aquel primer pacto hubiera sido perfecto, no se habría buscado lugar para un segundo. Porque al reprocharlos dice: «He aquí vienen días —dice el Señor— en que estableceré con la casa de Israel y con la casa de Judá un nuevo pacto; no como el pacto que hice con sus padres el día en que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos no permanecieron en mi pacto, y yo me desentendí de ellos —dice el Señor—. Por lo cual, este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días —dice el Señor—: Pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré; y seré a ellos por Dios, y ellos me serán a mí por pueblo. Y ninguno enseñará a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: "Conoce al Señor"; porque todos me conocerán, desde el menor hasta el mayor de ellos. Porque seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de sus pecados» (Hebreos 8:6-12). Para garantizar sus promesas, Dios hizo un pacto con los israelitas, llevando Moisés dicho pacto al pueblo, tal como lo describe la Biblia a continuación: Y Moisés tomó la mitad de la sangre y la puso en tazones, y roció la otra mitad sobre el altar. Después tomó el Libro del Pacto y lo leyó a oídos del pueblo, el cual dijo: «Haremos todas las cosas que el Señor ha dicho, y obedeceremos». Entonces Moisés tomó la sangre y roció con ella al pueblo, diciendo: «He aquí la sangre del pacto que el Señor ha hecho con vosotros sobre todas estas cosas». (Éxodo 24:6-8) Sin embargo, los israelitas no obedecieron ni siguieron el pacto. No porque las promesas de Dios no fueran lo suficientemente buenas, sino porque el pacto no podía cambiar sus corazones. Este no podía perfeccionar la conciencia del adorador, sino que se ocupaba únicamente de comidas, bebidas y diversos lavamientos. Por ello, Dios profetizó a través de Jeremías un nuevo y mejor pacto, para poner sus leyes en sus mentes y escribirlas en sus corazones, a fin de ser su Dios y que ellos fueran su pueblo. Asimismo, Isaías profetizó sobre este mismo nuevo pacto, tal como se describe a continuación: «Y vendrá un Redentor a Sion, y a los de Jacob que se aparten de la transgresión», declara el Señor. «Y en cuanto a mí, este es mi pacto con ellos», dice el Señor: «Mi Espíritu que está sobre ti, y mis palabras que he puesto en tu boca, no se apartarán de tu boca, ni de la boca de tu descendencia, ni de la boca de la descendencia de tus hijos», dice el Señor, «desde ahora y para siempre». (Isaías 59:20-21) Dios no solo reafirmó su nuevo pacto, sino que también les prometió un Redentor —Jesucristo—, pues Cristo ha obtenido un ministerio tanto más excelente que el antiguo cuanto mejor es el pacto del que es mediador, ya que está establecido sobre mejores promesas. Cristo Jesús no solo nos redimió de nuestros pecados, sino que también cumplió el nuevo pacto para reconciliar a Dios con nosotros a través de él, tal como se describe a continuación: Por lo tanto, si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí, todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo y nos dio el ministerio de la reconciliación; esto es, que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta sus transgresiones, y nos encargó a nosotros el mensaje de la reconciliación. (2 Corintios 5:17-19) No solo eso, sino que la reconciliación es tan firme que nadie podría arrebatarnos de Él, tal como se describe en la Biblia a continuación: «Mis ovejas oyen mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y nunca perecerán, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las dio, es mayor que todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. Yo y el Padre uno somos» (Juan 10:27-29). Por tanto, se cumple un nuevo pacto perfecto. Asimismo, en la profecía de Isaías sobre el nuevo pacto, Dios nos prometió que el Espíritu estaría sobre nosotros y sus palabras en nuestra boca. Así, alcanzaremos la fe y al Hijo de Dios a través de ellos, tal como se describe a continuación: «...hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error. Más bien, al hablar la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor» (Efesios 4:13-16). Como Redentor, Mediador y Sumo Sacerdote, Cristo Jesús es la garantía para que nosotros también cumplamos el Nuevo Pacto. Emanuel. (Para regresar, seleccione <- en la barra de herramientas)